Nuevo Laredo, Hoy

23 06 2007

Nuevo Laredo no es lo mismo 5 años después. ¿No?

Ayer, por fin me animé. Por más que intenté posponer la fecha, no hay plazo que no se cumpla. El juego de México en una pésima recepción. La poca luz que me acompaña en estos momentos limita la velocidad con la que escribo. Debería encender una luz y dejar de complicarme, pero a estas horas, todos duermen en casa de mi madre.

Ayer llegé sin avisar, como es mi costumbre. Me detuve en la oficina del puente y el cabrón que ve las visas a los peatones estaba distraído. Nunca los había visto desde el ángulo contrario, nunca les había llegado por detrás (¿qué pacho? ¿Así de puercota la mente?) El oficial/inspector estaba buscando unas botas en ebay. Creo que ni atención me puso y cuando le pregunté qué pedo con mi situación, observó mi tarjeta de residente nueva —Oh, sí, ya puedo cruzar libremente a México—, me miró para percatarse que era la misma pesona de la foto esa —foto donde tampoco salí bien para variar, lo cual completa la serie de una mala racha de fotografías que ilustran mis documentos más importantes (licencia, tarjeta del banco, permiso de trabajo, segundo permiso de trabajo, y ahora tarjeta de residente)—, y me la devolvió y me dijo algo que yo interpreté como “ya estás en el siguiente nivel”.

Regresé a mi carro y antes de subirme, en la ventana de La Posada, unos veladores gritaron gol. Me acerqué y México acababa de anotar su 1-0. No pude evitar absorber el acontecimiento y fusionarlo con mi propia sensación de triunfo. Entendí que si mi vida fuera una película, el momento en cuando estoy por regresar a mi país, Pável Pardo deberá meter un gol para ilustrar el hecho con una alegoría deportiva infalible.

Fui a encender una luz. Era necesario, no podía seguir torturandome de esa manera. Y Sí, estoy consciente que la palabra “torturandome” lleva acento en la a. Perdón, en la á. Fue una decisión consciente el no acentuárla, así como también tomo responsabilidad por arbitrariamente haber acentuado la primera á en la palabra “acentuárla”. ¿Crees que no conozco las reglas básicas de acentuación, puntuación y gramáticas. Las conozco, las domino, y por lo mismo de vez en cuando tiendo a comportarme irrespetuoso con ellas. Las sodomizo porque, pues puedo. ¿No sientes a veces ganas de violar una regla de tu idioma natal? Yo sí. No por algo más allá de recordarle quien manda. La lengua española. La lengua de castilla. Mi lengua. Ella sabe qué pedo. Ella sabe que si me lo propongo la puedo sobajar con un poco de spanglish. Y el “Sí” de la tercera oración de este párrafo: no requiere esa mayúscula.

Iba a comenzar este párrafo tratando de analizar lo que escribí anteriormente. Mi opinión (bastante humilde y empapada en un inusual sentido de incoherencia artificial) me dice que los primeros 3 párrafos llevaban una línea argumental que si bien no era lineal, proponía cierto estilo narrativo basado en la técnica anti-cronos, misma que habla en algunos de sus puntos sobre la creación de una realidad donde los saltos temporales no solamente son una realidad, sino que poseen una cualidad dual para servir y controlar por partes iguales a cualquier individuo que recurra a la mencionada técnica. En otra s palabras, el post tenía futuro. Aún no se metía en un jardín y existía la posibilidad de redención. A estas alturas, eso es una fantasía ilusoria.

Mi cerebro ha comenzado un proceso interesante y a la vez digno de alarma. Es el síndrome Nuevo Laredo. Uno de los primeros síntomas comenzó a atacarme desde temprano, no llevo la cuenta exacta pero creo que aproximadamente desde las 9 de la mañana de este día, empecé a decir muchas cosas. Muchas cosas. Una cantidad impresionante de palabras, hice promesas, compartí ideas, me interesé en cosas que no tienen nada que ver conmigo, visité personas que no pensaba ver en años y durante todos estos eventos, existió un impresionante intercambio de palabras. Hablé y hablé y en realidad no estaba diciendo nada. Hice uso de un sensacional despliegue de jerga, verborrea (sí, diarrea verbal) y frases positivas como “cabrón, tenía muchas ganas de verte”, “te ves súper”, “eres lo que más extraño cuando pienso en la ciudad”, “te soñé” y “¿sabes que vine exclusivamente a verte?”. Pero muy a pesar de esa aparatosa exhibición de locuacidad, bastaba un poco de atención para descubrir que el mensaje siempre fue vacuo. Inexistente. Correcto, no había mensaje. Entendí tarde que estaba cubriendo mi ignorancia jugando uno de los deportes favoritos del neolaredense promedio. Abatido, lo entendí. Estaba hablando el lenguaje no-oficial de mi ciudad, el mismo que utilicé toda mi vida y mismo que creí había olvidado en casi 5 años que no vivo ahí. Pero no, me equivoqué. Soy neolaredense, y fiel a mis raíces, yo también hablo mierda. Sí, amiguito, en Nuevo Laredo, hablamos español, castellano, castellano jodidón y mierda. Mierda. Cuando hablas mierda, estás platicando por la simple y sencilla necesidad de mover los labios. De emborracharte con el sonido de tu voz e intentar emborrachar a otros con tu mierda. Hablas mierda sobre asuntos que no conoces, pero que sientes una responsabilidad cívica a exponer tu ignorancia, vomitando conceptos que poco o nada tienen que ver con el asunto en tratamiento.

Hablar mierda es algo que se me da natural. También escribo mierda, pero eso ya lo sabías.

Bastaron unas cuantas horas para que mis costumbres más arraigadas salieran a flote, como un trozo de caca saludable que sube a saludarte antes de empezar a perder consistencia en el agua de tu toilet. Sí bastasen un par de canciones también…

Estoy en shock. La ansiedad de Nuevo Laredo no me permite dormir aún cuando estoy muerto de sueño. Nuevo Laredo es otro 5 años después. ¿Ah, sí? Pues yo también soy otro. Mentiras. Soy el mismo. Pero hubo dos cosas que me están haciendo pensar que esta ciudad me trae mala suerte.

Este post, tiene que continuar. Y no me preguntes cuando, por que tengo al menos como 5 post incompletos de los cuales prometí continuación, y es fecha…


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